Revista
Académica SIC, Sostenibilidad. Innovación y Ciencias empresariales
Sección
Oportunidad de expresión
Edición
09
Enero-junio,
2026
PENSAR EN TIEMPOS DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL: UNA PREOCUPACIÓN HUMANISTA
José Rafael Quesada Jiménez
Universidad
FUNDEPOS Centro de Estudios, Comité de Vigilancia Capacitación Cooperativa,
CENECOOP R.L., Consejo de Administración Toyopan R.L.,
Doctorando Universidad ISIMA – FUNDEPOS
Resumen
Vivimos en
una era paradójica: el acceso a información y tecnología nunca ha sido tan
amplio, pero el pensamiento crítico y la reflexión profunda disminuyen. Se lee
y dialoga menos, mientras aumenta el consumo pasivo de contenidos. La
inteligencia artificial y la “singularidad tecnológica” representan una promesa
ambigua: pueden expandir la conciencia humana o adormecerla. El verdadero
riesgo no está en la tecnología, sino en nuestra actitud frente a ella. El
“scroll infinito” erosiona la concentración y la capacidad de elaborar ideas
propias. Como advirtió Asimov, el peligro no es que las máquinas piensen como
humanos, sino que los humanos piensen como máquinas.
A esto se
suma la dificultad de la autocrítica: pensar críticamente implica cuestionar
nuestras propias ideas. Surge una nueva desigualdad: la cognitiva, que separa a
quienes pueden reflexionar de quienes solo sobreviven. Ser humanista hoy
significa democratizar el acceso al pensamiento crítico y crear prácticas que
devuelvan la capacidad de pensar. La IA puede ser aliada si potencia la
conciencia, no si la sustituye. El reto no es igualar a la IA, sino estar a la
altura de lo humano: la profundidad de nuestra conciencia y voluntad de no
renunciar al pensamiento.
Palabras clave: pensamiento crítico, inteligencia artificial,
desigualdad cognitiva, autocrítica, humanismo
Recibido: 4
de noviembre de 2025
Aceptado: 20
de noviembre de 2025
THINKING
IN TIMES OF ARTIFICIAL INTELLIGENCE: A HUMANIST CONCERN
Abstract
We live in a paradoxical era: humanity has unprecedented access to
information and advanced technology,
yet critical thinking and deep reflection are declining. Reading, studying, and
dialogue are diminishing, while
passive content consumption grows. Artificial intelligence and the so-called “technological singularity” present an ambiguous promise: they can expand human awareness or numb it. The real risk lies not in technology itself but in our attitude toward it.
Endless scrolling erodes focus and the ability to develop original thought. As
Asimov warned, the danger is not that computers think like humans, but that
humans think like computers.
This challenge is compounded by the difficulty of self-criticism: true critical thinking requires questioning our own ideas. A new inequality emerges—cognitive inequality—dividing those who can reflect from those who merely endure. Being a humanist today means actively democratizing access to critical thinking and creating practices that restore the ability to think independently. AI can be a powerful ally if it enhances awareness rather than replacing it. The real challenge is not matching AI but living up to what makes us human: the depth of our consciousness, our capacity for self-criticism, and our determination to preserve thought.
Keywords: Digital economy, critical
thinking, artificial intelligence, cognitive inequality, self-criticism,
humanism
Received: November
4, 2025
Accepted: November
20, 2025
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Introducción
Vivimos una época
paradójica y compleja. Nunca la humanidad había tenido tanto acceso a
información, herramientas de análisis y tecnología avanzada como hoy; sin
embargo, asistimos a una disminución preocupante del pensamiento crítico, de la
reflexión profunda y de la capacidad de escucha. Se lee menos, se estudia
menos, se dialoga menos y se reacciona más. En este contexto reducido, la
inteligencia artificial y la llamada “singularidad tecnológica” aparecen como
una promesa ambigua: pueden ampliar la conciencia humana o, por el contrario,
adormecerla.
El riesgo no reside únicamente en la
tecnología, sino en la actitud que adoptamos frente a ella. El “scroll
infinito”, la sucesión incesante de estímulos, noticias, videos y opiniones
erosiona silenciosamente nuestra capacidad de concentración y de elaboración
propia del pensamiento. El tiempo que antes destinábamos a reflexionar hoy se
diluye en una corriente continua de consumo pasivo.
Como advertía Isaac Asimov, “el
verdadero peligro no es que las computadoras empiecen a pensar como los
hombres, sino que los hombres empiecen a pensar como computadoras”. Una frase
escrita décadas antes del auge de la IA, pero inquietantemente actual.
Desarrollo de planteamiento crítico
La dificultad de pensar(se)
A este
fenómeno se suma un elemento más profundo e incómodo: la dificultad personal
para ejercer la autocrítica. Pensar críticamente no solo implica cuestionar el
mundo exterior, sino también aceptar la incomodidad de revisar nuestras propias
ideas, escuchar objeciones y reconocer límites.
Vivimos una
expansión de la opinión sin reflexión, una acriticidad
activa en la que el pensamiento se vuelve identitario y defensivo. La
inteligencia artificial, en este contexto, puede convertirse en una prótesis
peligrosa si sustituye —en lugar de potenciar— el esfuerzo humano de pensar.
Arthur C.
Clarke lo expresó con lucidez al afirmar: “Cualquier tecnología suficientemente
avanzada es indistinguible de la magia”. El problema surge cuando aceptamos esa
“magia” sin comprensión, sin preguntas y sin conciencia de sus efectos sobre
nuestra forma de pensar.
Tecnología, conocimiento y conciencia
La ciencia
ficción ha sido, en realidad, una gran escuela de pensamiento crítico. No por
anticipar tecnologías, sino por obligarnos a pensar en sus consecuencias
humanas, culturales y éticas.
En ese
sentido, la obra de Liu Cixin aporta una perspectiva fundamental desde otra
tradición cultural e histórica. En El problema de los tres cuerpos y el resto
de la trilogía, el autor introduce una idea clave: la fragilidad de la
civilización.
Como señala
Liu Cixin: “En el universo, la supervivencia de una civilización depende de su
capacidad para comprender su propia fragilidad”. Esta frase desplaza el foco
desde el poder tecnológico hacia la conciencia histórica y colectiva.
La nueva
desigualdad: quienes pueden pensar y quienes no
Junto con la
caída de las grandes ideologías del siglo XX, asistimos al aumento de
desigualdades tradicionales y al surgimiento de una nueva brecha silenciosa: la
desigualdad cognitiva. Ya no se trata solo de ingresos o acceso a tecnología,
sino de acceso al pensamiento.
Hay personas
que nacen en contextos donde el tiempo para pensar, estudiar y reflexionar
existe; y otras que nacen en condiciones donde la supervivencia inmediata
impide el desarrollo del pensamiento crítico. Esta nueva desigualdad separa a
quienes pueden comprender el mundo de quienes solo lo padecen.
Asimov
advertía algo esencial para este punto: “La autoeducación es, creo firmemente,
la única forma de educación que existe”. Cuando las condiciones sociales niegan
esa posibilidad, la desigualdad se vuelve estructural y profunda.
El deber humanista en esta época
En este
escenario, definirse como humanista no es una postura moral abstracta, sino una
responsabilidad histórica. Ser humanista hoy implica trabajar activamente para
democratizar el acceso al pensamiento crítico, defender el derecho a
comprender, a preguntar y a disentir.
Implica
también crear prácticas concretas —educativas, culturales, comunitarias y
tecnológicas— que devuelvan a las personas la capacidad de pensar por sí
mismas. La inteligencia artificial puede ser una aliada poderosa si se utiliza
para ampliar la conciencia humana y no para reemplazarla.
Argumentos
1.
Preservar el pensamiento crítico en la era digital: El
acceso masivo a información no garantiza comprensión. Sin reflexión profunda,
la sociedad corre el riesgo de adoptar opiniones superficiales y perder la
capacidad de análisis independiente.
2.
Reducir la desigualdad cognitiva, la brecha no es solo
tecnológica, sino intelectual: quienes pueden pensar críticamente tienen más
oportunidades de participar en decisiones y comprender el mundo, mientras otros
quedan relegados a un consumo pasivo.
3.
Orientar el uso ético de la inteligencia artificial: La
IA puede potenciar la conciencia humana o reemplazarla. Discutir este tema
permite diseñar políticas y prácticas que aseguren que la tecnología sirva para
ampliar capacidades, no para limitar la autonomía.
Conclusión
El verdadero desafío no es estar “a la
altura” de la inteligencia artificial, sino estar a la altura de lo humano.
Porque el futuro no se jugará únicamente en la velocidad de las máquinas, sino
en la profundidad de nuestra conciencia, nuestra capacidad de autocrítica y
nuestra voluntad de no renunciar al pensamiento.