Revista Académica SIC, Sostenibilidad. Innovación y Ciencias empresariales

Sección Oportunidad de expresión

Edición 09

Enero-junio, 2026

 

PENSAR EN TIEMPOS DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL: UNA PREOCUPACIÓN HUMANISTA

 

José Rafael Quesada Jiménez

Universidad FUNDEPOS Centro de Estudios, Comité de Vigilancia Capacitación Cooperativa, CENECOOP R.L., Consejo de Administración Toyopan R.L., Doctorando Universidad ISIMA – FUNDEPOS

 

jrquesada123@gmail.com

 

                                                                              Resumen

Vivimos en una era paradójica: el acceso a información y tecnología nunca ha sido tan amplio, pero el pensamiento crítico y la reflexión profunda disminuyen. Se lee y dialoga menos, mientras aumenta el consumo pasivo de contenidos. La inteligencia artificial y la “singularidad tecnológica” representan una promesa ambigua: pueden expandir la conciencia humana o adormecerla. El verdadero riesgo no está en la tecnología, sino en nuestra actitud frente a ella. El “scroll infinito” erosiona la concentración y la capacidad de elaborar ideas propias. Como advirtió Asimov, el peligro no es que las máquinas piensen como humanos, sino que los humanos piensen como máquinas.

A esto se suma la dificultad de la autocrítica: pensar críticamente implica cuestionar nuestras propias ideas. Surge una nueva desigualdad: la cognitiva, que separa a quienes pueden reflexionar de quienes solo sobreviven. Ser humanista hoy significa democratizar el acceso al pensamiento crítico y crear prácticas que devuelvan la capacidad de pensar. La IA puede ser aliada si potencia la conciencia, no si la sustituye. El reto no es igualar a la IA, sino estar a la altura de lo humano: la profundidad de nuestra conciencia y voluntad de no renunciar al pensamiento.

Palabras clave: pensamiento crítico, inteligencia artificial, desigualdad cognitiva, autocrítica, humanismo

Recibido: 4 de noviembre de 2025

Aceptado: 20 de noviembre de 2025

 

THINKING IN TIMES OF ARTIFICIAL INTELLIGENCE: A HUMANIST CONCERN

Abstract

We live in a paradoxical era: humanity has unprecedented access to information and advanced technology, yet critical thinking and deep reflection are declining. Reading, studying, and dialogue are diminishing, while passive content consumption grows. Artificial intelligence and the so-calledtechnological singularitypresent an ambiguous promise: they can expand human awareness or numb it. The real risk lies not in technology itself but in our attitude toward it. Endless scrolling erodes focus and the ability to develop original thought. As Asimov warned, the danger is not that computers think like humans, but that humans think like computers.

This challenge is compounded by the difficulty of self-criticism: true critical thinking requires questioning our own ideas. A new inequality emerges—cognitive inequalitydividing those who can reflect from those who merely endure. Being a humanist today means actively democratizing access to critical thinking and creating practices that restore the ability to think independently. AI can be a powerful ally if it enhances awareness rather than replacing it. The real challenge is not matching AI but living up to what makes us human: the depth of our consciousness, our capacity for self-criticism, and our determination to preserve thought.

 

Keywords: Digital economy, critical thinking, artificial intelligence, cognitive inequality, self-criticism, humanism

Received: November 4, 2025

Accepted: November 20, 2025

 

Introducción

 

Vivimos una época paradójica y compleja. Nunca la humanidad había tenido tanto acceso a información, herramientas de análisis y tecnología avanzada como hoy; sin embargo, asistimos a una disminución preocupante del pensamiento crítico, de la reflexión profunda y de la capacidad de escucha. Se lee menos, se estudia menos, se dialoga menos y se reacciona más. En este contexto reducido, la inteligencia artificial y la llamada “singularidad tecnológica” aparecen como una promesa ambigua: pueden ampliar la conciencia humana o, por el contrario, adormecerla.

El riesgo no reside únicamente en la tecnología, sino en la actitud que adoptamos frente a ella. El “scroll infinito”, la sucesión incesante de estímulos, noticias, videos y opiniones erosiona silenciosamente nuestra capacidad de concentración y de elaboración propia del pensamiento. El tiempo que antes destinábamos a reflexionar hoy se diluye en una corriente continua de consumo pasivo.

Como advertía Isaac Asimov, “el verdadero peligro no es que las computadoras empiecen a pensar como los hombres, sino que los hombres empiecen a pensar como computadoras”. Una frase escrita décadas antes del auge de la IA, pero inquietantemente actual.

 

Desarrollo de planteamiento crítico

La dificultad de pensar(se)

A este fenómeno se suma un elemento más profundo e incómodo: la dificultad personal para ejercer la autocrítica. Pensar críticamente no solo implica cuestionar el mundo exterior, sino también aceptar la incomodidad de revisar nuestras propias ideas, escuchar objeciones y reconocer límites.

Vivimos una expansión de la opinión sin reflexión, una acriticidad activa en la que el pensamiento se vuelve identitario y defensivo. La inteligencia artificial, en este contexto, puede convertirse en una prótesis peligrosa si sustituye —en lugar de potenciar— el esfuerzo humano de pensar.

Arthur C. Clarke lo expresó con lucidez al afirmar: “Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. El problema surge cuando aceptamos esa “magia” sin comprensión, sin preguntas y sin conciencia de sus efectos sobre nuestra forma de pensar.

 

Tecnología, conocimiento y conciencia

La ciencia ficción ha sido, en realidad, una gran escuela de pensamiento crítico. No por anticipar tecnologías, sino por obligarnos a pensar en sus consecuencias humanas, culturales y éticas.

En ese sentido, la obra de Liu Cixin aporta una perspectiva fundamental desde otra tradición cultural e histórica. En El problema de los tres cuerpos y el resto de la trilogía, el autor introduce una idea clave: la fragilidad de la civilización.

Como señala Liu Cixin: “En el universo, la supervivencia de una civilización depende de su capacidad para comprender su propia fragilidad”. Esta frase desplaza el foco desde el poder tecnológico hacia la conciencia histórica y colectiva.

La nueva desigualdad: quienes pueden pensar y quienes no

Junto con la caída de las grandes ideologías del siglo XX, asistimos al aumento de desigualdades tradicionales y al surgimiento de una nueva brecha silenciosa: la desigualdad cognitiva. Ya no se trata solo de ingresos o acceso a tecnología, sino de acceso al pensamiento.

Hay personas que nacen en contextos donde el tiempo para pensar, estudiar y reflexionar existe; y otras que nacen en condiciones donde la supervivencia inmediata impide el desarrollo del pensamiento crítico. Esta nueva desigualdad separa a quienes pueden comprender el mundo de quienes solo lo padecen.

Asimov advertía algo esencial para este punto: “La autoeducación es, creo firmemente, la única forma de educación que existe”. Cuando las condiciones sociales niegan esa posibilidad, la desigualdad se vuelve estructural y profunda.

 

El deber humanista en esta época

En este escenario, definirse como humanista no es una postura moral abstracta, sino una responsabilidad histórica. Ser humanista hoy implica trabajar activamente para democratizar el acceso al pensamiento crítico, defender el derecho a comprender, a preguntar y a disentir.

Implica también crear prácticas concretas —educativas, culturales, comunitarias y tecnológicas— que devuelvan a las personas la capacidad de pensar por sí mismas. La inteligencia artificial puede ser una aliada poderosa si se utiliza para ampliar la conciencia humana y no para reemplazarla.

 

Argumentos

1.    Preservar el pensamiento crítico en la era digital: El acceso masivo a información no garantiza comprensión. Sin reflexión profunda, la sociedad corre el riesgo de adoptar opiniones superficiales y perder la capacidad de análisis independiente.

2.    Reducir la desigualdad cognitiva, la brecha no es solo tecnológica, sino intelectual: quienes pueden pensar críticamente tienen más oportunidades de participar en decisiones y comprender el mundo, mientras otros quedan relegados a un consumo pasivo.

3.    Orientar el uso ético de la inteligencia artificial: La IA puede potenciar la conciencia humana o reemplazarla. Discutir este tema permite diseñar políticas y prácticas que aseguren que la tecnología sirva para ampliar capacidades, no para limitar la autonomía.

 

Conclusión

El verdadero desafío no es estar “a la altura” de la inteligencia artificial, sino estar a la altura de lo humano. Porque el futuro no se jugará únicamente en la velocidad de las máquinas, sino en la profundidad de nuestra conciencia, nuestra capacidad de autocrítica y nuestra voluntad de no renunciar al pensamiento.